viernes, 9 de febrero de 2018

Recuerdos de Liliana



Conocí a Liliana en Buenos Aires hace varios años. Ella firmaba ejemplares de la Saga de los Confines en la librería Galerna, del Shopping de Villa del Parque y yo, cautivo ya de las Tierras Fértiles, me acercaba con temor y devoción hacia su mesa. El temor no era infundado. Nadie que se hubiera despachado con semejante épica podía vivir en el mismo suelo que el resto de los mortales.
Revoloteando alrededor de la escritora, Antonio Santa Ana ordenaba filas de lectores, saludaba conocidos y suspiraba, ya para esos tiempos, aliviado. La apuesta demencial que había hecho por esa desconocida al darle un lugar en el Olimpo de los consagrados había sido decorada con laureles.
Había gente en la librería. Bastante gente. Fanáticos y simples curiosos. Era fácil reconocer a los fánaticos: ojos bovinos, remeras negras de Tolkien o de Terramar y sonrisas petrificadas. No podía culparlos. Yo mismo era uno de ellos (aunque sin remera ad hoc). Yo mismo temblaba ante el encuetro ya cercano. Uno más y me tocaba.
¿Qué se le decía a alguien así? ¿Se la tuteaba? ¿Se la saludaba con un beso? ¿Había que arrodillarse o mostrar cierta indiferencia para no hacerla sentir incómoda? Es raro el trato con aquellos a quiénes admiramos. Atrás de mí, la fila era larga y todos odiaban el privilegio de la nuca de adelante. Qué pena. Bodoc me iba a despachar rápido. Con la cantidad de cosas que aún no se me ocurrían que quería decirle…
Al fin, mi turno. “Hola Liliana” y la respuesta fue una sonrisa luminosa, un gracias por haber venido y el repentino desvanecimiento de la librería, del shopping, de los fanáticos, de los ojos bovinos, de la fila a mis espaldas. Solo quedábamos ella, una mesa, yo y el suelo. Y los dos estábamos sobre el mismo suelo, Sin plataforma. Sin escalones. Sin desniveles.
“Gracias por tan bellas letra, Liliana. Los días de la Sombra y los Días del Fuego los leímos con mi esposa a la noche, en la cama, durante largo tiempo. Yo leía en voz alta y ella me escuchaba hasta que llegaba el sueño”
El gesto de ella ante esto fue de un placer absoluto. Estaba emocionada por haberle permitido esa ventana de intimidad y se deshizo en agradecimientos por eso.
Era tan grato el momento que me esforcé en estirarlo. Al carajo los fans, al carajo los que odiaban las nucas. No estaban. Rebusqué en la memoria como alargar la magia.
“Sos de Mendoza, Liliana. Nosotros estamos a punto de irnos a vivir allá. A San Rafael”
Volvió a sonreír. A ella tampoco le importaban los demás de la fila y, con el tiempo, supe que esa era su magia. Le importaban todos, pero hacia sentir a cada uno que era lo mejor que le estaba pasando en ese momento. Era una auténtica hechicera.
“Te va a encantar San Rafael. ¿Por qué vas para allá?”
Siguió una explicación veloz acerca del cambio de hábitos, de la fuga del cemento, del hartazgo citadino. Y llegó la frase que iba a dejar la respuesta abierta.
“Voy a extrañar las medialunas de grasa. Allá no hay” le dije.
“Pero hay raspaditas… y chatitas. Vas a ver que te van a gustar. Andá, probalas y después me contás”.
Por gentileza con el resto, rompí el conjuro. Me fui del lugar con dos libros firmados y encandilado por la personalidad magnética y amable de Liliana Bodoc. En esos tiempos, aún no sospechaba que iba a tener mi pasión actual por la escritura, ni que diez años más tarde, iba a volver a encontrarme con Liliana en un taller de escritura en Mendoza, ella repartiendo generosamente su talento, junto a Marisa Perez Alonso, y yo sentado en un banco con una libreta por estrenar. A la hora de las presentaciones, le recordé el episodio y le dije:
—Creo, Liliana, que mi participación en este taller obedece solo a poder responder a la pregunta que nos quedó colgada diez años atrás. Y te digo : Sí. Me gustaron. Las chatitas me gustaron.
Demás está decir que el resto del taller le zumbé alrededor todo el tiempo, absorbiendo parte de ese aura mágica que irradiaba.
Luego vendrían un par de encuentros más y el placer de sus obras, y nuevas dedicatorias en ejemplares y risas y consejos que tengo grabados en la piel.
No voy a olvidar que tuve el privilegio de la coincidencia en espacio y en tiempo. No me voy a olvidar que una novela no es una novelita. No me voy a olvidar del extrañamiento ni de evitar las ocurrencias en la literatura ni toda la serie de consejos que me dio.
Espero ser digno, querida Liliana. Fue un honor haberte conocido. Buen viaje. Los de acá, acá estaremos, regalando tus palabras al viento.

viernes, 5 de enero de 2018

5 de enero



—¿Estás tirando el pasto a la basura?
—Y sí… ¿qué querés que haga? ¿Lo querés de recuerdo?
—No, no. Pero no lo tires. Desparramalo alrededor de la compotera, así parece que se lo comieron los camellos.
—Escuchá un poquito lo que estás diciendo, haceme el favor. Si está desparramado, es que no se lo comieron. Y la idea es que sí se lo comieron.
—No te digo todo el pasto, che. Un poco. Así parece que cuando comían, se les cayó un poco. Los camellos comen así.
—¿Cuántos camellos tuviste en tu vida vos? ¿Experto en camellología sos ahora? El camello se come todo y te chupa el piso después. Es la tradición.
—Eso pasa si solamente tuviera esta compoterita para comer. Pero ponete en la fantasía. Los camellos vienen comiendo pasto desde hace un millón de casas. Si multiplicás casa por pasto por capacidad estomacal…
—Yo no puedo creer que a las doce de la noche estemos discutiendo acerca de la digestión de los camellos. Mañana me levanto a las seis para ir a trabajar.
—El agua estaría bien que se la tomen toda, porque la almacenan en la joroba, pero el tema del pasto, no sé. Y habría que dejar algo de comida para Los Reyes también. ¿Por qué nunca se le deja comida a los Reyes? Todo para los camellos, y los Reyes que revienten. Terminan la noche muertos de hambre y a los camellos les sale el pasto por las orejas. Si lo pensás, es injusto.
—Bueno, el año que viene les dejamos Vitel Tonné. Pasame los regalos.
—¿Todavía queda Vitel Tonné? No puede estar comestible todavía.
—Decíselo a tu vieja, que hace vitel como para trescientas personas y siempres somos los mismos cinco en la mesa. Y si nos vamos a poner a hablar de injusticias, peor la pasan los renos de Papá Noel. ¿Alguien les deja pasto? Nadie. Porque te cuento que también comen pasto ellos. Y son como ocho o nueve.
—Pero vuelan. Son mágicos.
—Pero morfar, morfan. Y si vamos a hablar de mágicos, tres camellos que se cargan todos los juguetes del universo y se recorren el planeta en una noche no suena muy normalito.
—Y sin trineo.
—Y sin trineo. Puro lomo. Ahí tenés la explicación de por qué se comen todo el pasto. Gasto calórico.
—¿Pero cuál es la masa corporal del camello?
—No sé. Ya apagué la compu.
—La prendemos. En Wikipedia debe decir.
—¡No la prendas! Hace un quilombo cuando se prende que va a despertar a la nena.
—Igual se va a despertar. Hace pis doscientas veces por noche.
—Uy… Tenés razón…
—¿Qué pasa?
—Eso pasa. Que se levanta mucho. Yo no sé si conviene poner los regalos ahora. Vos viste lo que le costó dormirse con esto de los Reyes. Se llega a levantar y ve los regalos, nos va a estar saltando en el colchón a las dos de la mañana.
—Pero si se levanta y no ve nada, es como que le matamos la ilusión. Y le quedan, máximo, cuatro añitos más de creer. Capaz que cinco si la encerramos en una jaula sin contacto con otros chicos. Por eso, hay que hacer bien las cosas.
—¿Y qué es hacer las cosas bien?
—Dejar pasto alrededor de la compotera. Realismo en la escena.
—Si querés realismo, el año que viene ponemos también un pedazo de bosta al lado del arbolito. De todo el pasto que les entra, algo les tiene que salir.
—¿Y justo acá en el comedor tienen que venir a cagar los camellos? Además, vivimos en medio de la ciudad, en un piso doce. ¿Vos pretendés que me vaya hasta el medio del campo a traer bosta de vaca?
—Vos hablaste de realismo.
—¿Querés realismo? Los Reyes somos nosotros y estamos discutiendo sobre pasto y bosta a las… uh, ya son las doce y media.
—Eso es realidad, no realismo. El realismo te ayuda a esquivar la realidad. Como Papa Noel.
—A Papá Noel le falta realismo. Reyes es mejor. Les das toda la noche para poner paquetes. Papá Noel tiene hasta las doce nada más y con los pibes despiertos. Y además es uno solo.
—Los yanquis lo hacen mejor. Lo hacen como Reyes. Los pibes ven todo a la mañana.
—Bueno, pero no vivimos en Yanquilandia.
—Ni tenemos chimeneas. Y así y todo, Papa Noel entra igual y nadie discute como deja un trineo flotando afuera con ocho renos colgando y con toda la familia despierta y comiendo garrapiñada al lado.
—Garrapiñada. Eso le podemos dejar a los Reyes el año que viene.
—Somos nosotros los Reyes.
—Ya sé. Pero quiero comer garrapiñada. Y se consiguen ahora. En invierno, que es cuándo se deberían comer, no hay. Las conseguís ahora, con cuarenta grados de temperatura. Somos jodidos hasta para eso.
—Bueno, ahí están los regalos.
—Pará. Estas son las crocs de la nena. ¿Pusiste las crocs de la nena para los regalos?
—Sí.
—Un verdadero Rey Mago no dejaría un regalo en un par de crocs. Es un zapato horrendo.
—Serán horrendos pero son cómodos. Yo tengo crocs.
—Ya sé.
—¿Qué significa “ya sé” así, a secas? ¿No te gusta como me quedan?
—Son difíciles de observar. No sé, me parece una falta de respeto a un Rey Mago. Dejale una zapatilla, una botita. Pero un croc…
—La una de la mañana… Por dios, terminemos con esto, quiero dormir.
—Listo. Quedó bastante bien. Dejé entonces un poquito de pasto tirado. Y derramé agua.
—Está bien. ¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Tener estas conversaciones a esta hora es lo que me hace amarte.
—Yo también te amo.
—Somos geniales. Vamos a dormir.
—¿Tenés sueñito? Porque si no estás demasiado agotada…
—Ni se te ocurra. Te amo, pero ahora amo más dormir. Y con este calor, te quiero a cuatro kilómetros de distancia. No puedo entender que haya gente que nace en septiembre.
—Ya vas a venir…
—El sábado, te prometo…
—Bueno. Te amo.
—Yo también.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Máquina del tiempo




Como todos, en los años tempranos de la vida, mi hija es dueña de una máquina del tiempo.

Yo la tuve y la perdí, porque es claro que en algún momento hay que perderla y aprender a convivir con esos minutos de sesenta segundos, de caminar derecho y aburrido, que van siempre hacia adelante, siempre hacia el abismo, siempre suicidas arrojados a lo oscuro, con trocitos de vida nuestra entre los bracitos breves y grititos que no importan.

Pero Sol aún la tiene y la usa con soltura, y retrocede el tiempo y corrige y repite; y si la leche está caliente, retrocede el tiempo y ahí va el padre a enfriarla bajo el agua y la escena se repite con un líquido más tibio, más amable. O en la noche, con el cuento, repitiendo el mismo renglón hasta entenderlo, pese a los suspiros del que lee, que no ve la hora del colchón propio, pero entiende que es parte de esa máquina y no se termina hasta que ya no se vuelve atrás.

Y la tele se retrocede y se ve mil veces a ese príncipe llegar al castillo y el juego de mesa se reinicia hasta que el dado regale el seis furtivo, y sea ella la que gane, porque quién maneja la máquina del tiempo, maneja todo, incluyendo las victorias.

Recuerdo el día que se me estropeó la máquina. Estaba en la casa de mi abuelo y, con ese asombro tan serio que solo nos presta la infancia, encontré una mariposa aleteando con los últimos desganos en el cuarto escalón de la escalera infinita que daba hacia la terraza. Que esa maravilla inalcanzable ahora aceptara dócilmente mis manoseos era un raro milagro que juzgué correcto compensar con agua azucarada y una caja de fósforos como cama.

A la hora, la mariposa estaba muerta. Y no hubo marcha atrás y el tiempo se tuvo que acostumbrar a correr solo para adelante, inaugurado con mis lágrimas amargas de impotencia y desconcierto. Después volvieron esas meriendas enfriadas a fuerza de quejas o los juegos gentilmente entregados por los adultos para evitar cataclismos, pero ya era tarde. Ya el pasado estaba vedado y el futuro era el único sendero. El presente era apenas el tiempo para entender esto.

Sé que no hay máquina sin fecha de vencimiento y sé que tarde o temprano a todos nos llega la mariposa que viene a morir en nuestras manos, pero uno, que ahora solo visita el pasado con las manchas del recuerdo, lo recuerda como un momento cruel. Tal vez por eso el esfuerzo en remendarle la máquina del tiempo a mi hija, en aceitarle los tornillos y las juntas, aún a costa de perder en el juego de la Oca.

Porque esos minutos que, de pronto, le van a caminar solo para adelante, se van a parecer mucho a los míos, que ya han llenado mil abismos en sus caídas.  Y los abismos, como los minutos, se acaban, solo para recordarnos que tenemos destino de mariposa.