domingo, 1 de abril de 2018

Elvira




—¿Precisa algo más la señora? Porque puedo quedarme todo el tiempo que necesite.  
La señora Zulema miró a Elvira con expresión aterrada, desviando apenas la mirada del noticiero de la televisión, con la taza de té temblando en la mano derecha y la boca seca de palabras.  Era claro que tal reacción no era de señora bien, pero hay momentos para cada cosa y mostrarse desbordada por el terror le pareció, dadas las circunstancias, una reacción aceptable.  
Apenas un día atrás, Elvira le interrumpió a la señora una partida de solitario en su tablet para hacerle una pregunta. La patrona consideró que era de buen ver demorar en darse cuenta de que alguien le hablaba. Contó mentalmente los segundos. Diez. Tiempo suficiente. Se bajó los lentes dorados y miró a su empleada.
—¿Qué querés? ¿ya terminaste los baños?
—Sí, señora. Lo que yo le quería pedir es si mañana podía llegar un poco más tarde porque tengo al más chiquito enfermo y lo tengo que llevar al Posadas muy temprano a sacar turno y el auto del Rubén no está andando muy bien y tenemos que ir despacio. Entonces…
—Ay, Elvira…¿justo mañana tiene que ser? Sofía vuelve del Sur mañana y le prometí que le ibas a hacer pastel de papas.  Y vos sabés que Sofía ama tu pastel de papas. ¿No lo podés llevar pasado mañana a tu chiquito? —y como le pareció que su tono al hablar se parecía demasiado a pedir un favor, engrosó la voz y frunció el ceño—. No, Elvira, mañana te preciso acá sea como sea, con lo que Sofía te adora.
La mujer ensayó una solución. En otro momento, hubiera acatado, pero estaba la salud de su hijo de por medio.
—Si quiere le puedo dejar el pastel de papa listo hoy y mañana se calienta.
—¿Comida recalentada, Elvira?¿En serio me estás hablando? ¿Hace cuanto que trabajás acá? Sabés muy bien que acá, comida recalentada, no. Acá se hace la comida y se come. Y lo que sobra, al tacho. No le va a pasar nada a tu nene porque tardes un día. Mañana vení como siempre, recibimos a Sofía, le cocinás y después te vas y hacés tus cosas. Podés salir más temprano incluso, así quedamos nada más que la familia y podemos conversar tranquila.
—Si, señora —dijo Elvira, con la barbilla temblequeante y se retiró. Zulema sonrió satisfecha por la victoria moral. Se sintió poderosa.  Hasta se preguntó si no era hora de un cambio. Tal vez, el día siguiente fuera el último de Elvira en esa casa. Una mucama que discutía no contribuía a la paz del hogar.
Al día siguiente, temprano, Elvira estaba en la casa. La señora Zulema no le regaló ni un “Buen día”. La miró con cierto desprecio, mientras golpeaba con el dedo la esfera del reloj.
—Media hora tarde.
—Perdón, señora. Un problema con el auto. No se pudo evitar —respondió con un tono ajeno e inusual, casi distraído. Zulema le sospechó cierto hartazgo en la voz. Iba a tener que cortar de raíz eso.
Cuando Sofía llegó, la comida estaba lista y humeante. La recién llegada abrazó a su madre con fuerza y luego, le dio otro abrazo, igual de sostenido, a Elvira. Le divertía abrazarla. Un poco por cariño auténtico y otro poco, por maldad inocente. Elvira no estaba acostumbrada a las muestras de cariño y esos abrazos espontáneos le generaban incomodidad. Y además, sabía con la certeza de los seres simples que ese abrazo también buscaba provocar el escándalo y los celos en la patrona. Pero esa vez, Sofía fue la sorprendida. Elvira respondió al abrazo. Incluso le dio un beso sonoro en la mejilla y le sostuvo la cabeza con ambas manos.
El almuerzo fue largo, matizado por las aventuras de Sofía en la Patagonia. Luego, saturada de familia, la joven se metió en su habitación y la patrona se entregó a la rutina del sofá. Una taza de té, un rato de noticiero y luego una siesta.
La noticia llegó al mismo tiempo que Elvira al marco de la puerta.
—¿Precisa algo más, señora? Porque puedo quedarme todo el tiempo que necesite —escuchó que su empleada le decía con una voz ronca, dolida. Otra vez se demoró en mirarla, pero esta vez era el terror y no las pautas sociales lo que le movieron la conducta. No podía despegar la vista de la pantalla. La imagen del auto destrozado en el Acceso Oeste,los cuerpos ensangrentados tomados en planos cortos por las cámaras para placer del dios rating, los coches policiales. Y Elvira en el pavimento, muerta, destrozada, con miles de vidrios en su rostro y una cuenca del ojo vacía, nadando en un charco de sangre. Dentro del vehículo, un hombre asomaba a través del parabrisas astillado, su marido, seguramente y atrás, se adivinaba un niño que parecía dormido pero no.
La patrona la miró con ojos desorbitados y Elvira se inclinó un poco a espiar si el televisor  la duplicaba. Se miró a sí misma en la pantalla. Ya no tenía miedo. Ni necesidad de disimular. De su rostro brotaron los ríos de sangre y los vidrios que se le habían ocultado en la piel. Y su ojo derecho volvió a derramarse como clara de huevo por su mejilla. Tres dientes cayeron al piso.
—Puedo quedarme todo el tiempo que precise, señora. Años, incluso. Día y noche a su lado, señora. Aunque preferiría irme. Mis hijos están solos y sería muy amable de su parte si se encargara de que recibieran ayuda. No me puedo ocupar de ellos como quisiera. Pero de usted sí me puedo ocupar. Para siempre.
Zulema tardó un siglo en lograr las palabras.
—No… no… yo me voy a ocupar, Elvira. Vaya nomás. Yo… me voy a ocupar…
Elvira hizo una mueca que intentó ser una sonrisa, mientras los labios se le cruzaban con tajos verticales.
—Gracias, señora. Voy a estar atenta entonces. Gracias por todo.

Y dándose la vuelta, fue hasta la puerta y salió, hacia el sol, hacia la luz.

sábado, 10 de marzo de 2018

La tetera




Mi tetera, al calentarse, emite un sonido similar al que harían diez niños agonizando en un sótano. El viejo metal se dilata con el calor del fuego y genera, en el frío de la mañana, cuando en la casa todavía reina el silencio, un silbido ondulante y lastimero, que quita la esperanza y eriza la piel. Que no sea esto razón de escalofrío, querido lector. Lo que debería inquietarlo, lo que realmente debería inquietarlo, es por qué conozco yo como suenan diez niños agonizando en un sótano.

viernes, 9 de febrero de 2018

Recuerdos de Liliana



Conocí a Liliana en Buenos Aires hace varios años. Ella firmaba ejemplares de la Saga de los Confines en la librería Galerna, del Shopping de Villa del Parque y yo, cautivo ya de las Tierras Fértiles, me acercaba con temor y devoción hacia su mesa. El temor no era infundado. Nadie que se hubiera despachado con semejante épica podía vivir en el mismo suelo que el resto de los mortales.
Revoloteando alrededor de la escritora, Antonio Santa Ana ordenaba filas de lectores, saludaba conocidos y suspiraba, ya para esos tiempos, aliviado. La apuesta demencial que había hecho por esa desconocida al darle un lugar en el Olimpo de los consagrados había sido decorada con laureles.
Había gente en la librería. Bastante gente. Fanáticos y simples curiosos. Era fácil reconocer a los fánaticos: ojos bovinos, remeras negras de Tolkien o de Terramar y sonrisas petrificadas. No podía culparlos. Yo mismo era uno de ellos (aunque sin remera ad hoc). Yo mismo temblaba ante el encuetro ya cercano. Uno más y me tocaba.
¿Qué se le decía a alguien así? ¿Se la tuteaba? ¿Se la saludaba con un beso? ¿Había que arrodillarse o mostrar cierta indiferencia para no hacerla sentir incómoda? Es raro el trato con aquellos a quiénes admiramos. Atrás de mí, la fila era larga y todos odiaban el privilegio de la nuca de adelante. Qué pena. Bodoc me iba a despachar rápido. Con la cantidad de cosas que aún no se me ocurrían que quería decirle…
Al fin, mi turno. “Hola Liliana” y la respuesta fue una sonrisa luminosa, un gracias por haber venido y el repentino desvanecimiento de la librería, del shopping, de los fanáticos, de los ojos bovinos, de la fila a mis espaldas. Solo quedábamos ella, una mesa, yo y el suelo. Y los dos estábamos sobre el mismo suelo, Sin plataforma. Sin escalones. Sin desniveles.
“Gracias por tan bellas letra, Liliana. Los días de la Sombra y los Días del Fuego los leímos con mi esposa a la noche, en la cama, durante largo tiempo. Yo leía en voz alta y ella me escuchaba hasta que llegaba el sueño”
El gesto de ella ante esto fue de un placer absoluto. Estaba emocionada por haberle permitido esa ventana de intimidad y se deshizo en agradecimientos por eso.
Era tan grato el momento que me esforcé en estirarlo. Al carajo los fans, al carajo los que odiaban las nucas. No estaban. Rebusqué en la memoria como alargar la magia.
“Sos de Mendoza, Liliana. Nosotros estamos a punto de irnos a vivir allá. A San Rafael”
Volvió a sonreír. A ella tampoco le importaban los demás de la fila y, con el tiempo, supe que esa era su magia. Le importaban todos, pero hacia sentir a cada uno que era lo mejor que le estaba pasando en ese momento. Era una auténtica hechicera.
“Te va a encantar San Rafael. ¿Por qué vas para allá?”
Siguió una explicación veloz acerca del cambio de hábitos, de la fuga del cemento, del hartazgo citadino. Y llegó la frase que iba a dejar la respuesta abierta.
“Voy a extrañar las medialunas de grasa. Allá no hay” le dije.
“Pero hay raspaditas… y chatitas. Vas a ver que te van a gustar. Andá, probalas y después me contás”.
Por gentileza con el resto, rompí el conjuro. Me fui del lugar con dos libros firmados y encandilado por la personalidad magnética y amable de Liliana Bodoc. En esos tiempos, aún no sospechaba que iba a tener mi pasión actual por la escritura, ni que diez años más tarde, iba a volver a encontrarme con Liliana en un taller de escritura en Mendoza, ella repartiendo generosamente su talento, junto a Marisa Perez Alonso, y yo sentado en un banco con una libreta por estrenar. A la hora de las presentaciones, le recordé el episodio y le dije:
—Creo, Liliana, que mi participación en este taller obedece solo a poder responder a la pregunta que nos quedó colgada diez años atrás. Y te digo : Sí. Me gustaron. Las chatitas me gustaron.
Demás está decir que el resto del taller le zumbé alrededor todo el tiempo, absorbiendo parte de ese aura mágica que irradiaba.
Luego vendrían un par de encuentros más y el placer de sus obras, y nuevas dedicatorias en ejemplares y risas y consejos que tengo grabados en la piel.
No voy a olvidar que tuve el privilegio de la coincidencia en espacio y en tiempo. No me voy a olvidar que una novela no es una novelita. No me voy a olvidar del extrañamiento ni de evitar las ocurrencias en la literatura ni toda la serie de consejos que me dio.
Espero ser digno, querida Liliana. Fue un honor haberte conocido. Buen viaje. Los de acá, acá estaremos, regalando tus palabras al viento.