Mi tetera, al calentarse, emite un sonido similar al que harían diez niños agonizando en un sótano. El viejo metal se dilata con el calor del fuego y genera, en el frío de la mañana, cuando en la casa todavía reina el silencio, un silbido ondulante y lastimero, que quita la esperanza y eriza la piel. Que no sea esto razón de escalofrío, querido lector. Lo que debería inquietarlo, lo que realmente debería inquietarlo, es por qué conozco yo como suenan diez niños agonizando en un sótano.
Algunos escritos que me salen de la cabeza porque están hartos de vivir ahí adentro.
sábado, 10 de marzo de 2018
La tetera
Mi tetera, al calentarse, emite un sonido similar al que harían diez niños agonizando en un sótano. El viejo metal se dilata con el calor del fuego y genera, en el frío de la mañana, cuando en la casa todavía reina el silencio, un silbido ondulante y lastimero, que quita la esperanza y eriza la piel. Que no sea esto razón de escalofrío, querido lector. Lo que debería inquietarlo, lo que realmente debería inquietarlo, es por qué conozco yo como suenan diez niños agonizando en un sótano.
viernes, 9 de febrero de 2018
Recuerdos de Liliana
Conocí
a Liliana en Buenos Aires hace varios años. Ella firmaba ejemplares de la Saga
de los Confines en la librería Galerna, del Shopping de Villa del Parque y yo,
cautivo ya de las Tierras Fértiles, me acercaba con temor y devoción hacia su
mesa. El temor no era infundado. Nadie que se hubiera despachado con semejante
épica podía vivir en el mismo suelo que el resto de los mortales.
Revoloteando
alrededor de la escritora, Antonio Santa Ana ordenaba filas de lectores,
saludaba conocidos y suspiraba, ya para esos tiempos, aliviado. La apuesta
demencial que había hecho por esa desconocida al darle un lugar en el Olimpo de
los consagrados había sido decorada con laureles.
Había
gente en la librería. Bastante gente. Fanáticos y simples curiosos. Era fácil
reconocer a los fánaticos: ojos bovinos, remeras negras de Tolkien o de
Terramar y sonrisas petrificadas. No podía culparlos. Yo mismo era uno de ellos
(aunque sin remera ad hoc). Yo mismo temblaba ante el encuetro ya cercano. Uno
más y me tocaba.
¿Qué
se le decía a alguien así? ¿Se la tuteaba? ¿Se la saludaba con un beso? ¿Había
que arrodillarse o mostrar cierta indiferencia para no hacerla sentir incómoda?
Es raro el trato con aquellos a quiénes admiramos. Atrás de mí, la fila era
larga y todos odiaban el privilegio de la nuca de adelante. Qué pena. Bodoc me
iba a despachar rápido. Con la cantidad de cosas que aún no se me ocurrían que
quería decirle…
Al
fin, mi turno. “Hola Liliana” y la respuesta fue una sonrisa luminosa, un
gracias por haber venido y el repentino desvanecimiento de la librería, del
shopping, de los fanáticos, de los ojos bovinos, de la fila a mis espaldas.
Solo quedábamos ella, una mesa, yo y el suelo. Y los dos estábamos sobre el mismo
suelo, Sin plataforma. Sin escalones. Sin desniveles.
“Gracias
por tan bellas letra, Liliana. Los días de la Sombra y los Días del Fuego los
leímos con mi esposa a la noche, en la cama, durante largo tiempo. Yo leía en
voz alta y ella me escuchaba hasta que llegaba el sueño”
El
gesto de ella ante esto fue de un placer absoluto. Estaba emocionada por
haberle permitido esa ventana de intimidad y se deshizo en agradecimientos por
eso.
Era
tan grato el momento que me esforcé en estirarlo. Al carajo los fans, al carajo
los que odiaban las nucas. No estaban. Rebusqué en la memoria como alargar la
magia.
“Sos
de Mendoza, Liliana. Nosotros estamos a punto de irnos a vivir allá. A San
Rafael”
Volvió
a sonreír. A ella tampoco le importaban los demás de la fila y, con el tiempo,
supe que esa era su magia. Le importaban todos, pero hacia sentir a cada uno
que era lo mejor que le estaba pasando en ese momento. Era una auténtica
hechicera.
“Te
va a encantar San Rafael. ¿Por qué vas para allá?”
Siguió
una explicación veloz acerca del cambio de hábitos, de la fuga del cemento, del
hartazgo citadino. Y llegó la frase que iba a dejar la respuesta abierta.
“Voy
a extrañar las medialunas de grasa. Allá no hay” le dije.
“Pero
hay raspaditas… y chatitas. Vas a ver que te van a gustar. Andá, probalas y
después me contás”.
Por
gentileza con el resto, rompí el conjuro. Me fui del lugar con dos libros
firmados y encandilado por la personalidad magnética y amable de Liliana Bodoc.
En esos tiempos, aún no sospechaba que iba a tener mi pasión actual por la
escritura, ni que diez años más tarde, iba a volver a encontrarme con Liliana
en un taller de escritura en Mendoza, ella repartiendo generosamente su
talento, junto a Marisa Perez Alonso, y yo sentado en un banco con una libreta
por estrenar. A la hora de las presentaciones, le recordé el episodio y le
dije:
—Creo,
Liliana, que mi participación en este taller obedece solo a poder responder a
la pregunta que nos quedó colgada diez años atrás. Y te digo : Sí. Me gustaron.
Las chatitas me gustaron.
Demás
está decir que el resto del taller le zumbé alrededor todo el tiempo,
absorbiendo parte de ese aura mágica que irradiaba.
Luego
vendrían un par de encuentros más y el placer de sus obras, y nuevas
dedicatorias en ejemplares y risas y consejos que tengo grabados en la piel.
No
voy a olvidar que tuve el privilegio de la coincidencia en espacio y en tiempo.
No me voy a olvidar que una novela no es una novelita. No me voy a olvidar del
extrañamiento ni de evitar las ocurrencias en la literatura ni toda la serie de
consejos que me dio.
Espero
ser digno, querida Liliana. Fue un honor haberte conocido. Buen viaje. Los de
acá, acá estaremos, regalando tus palabras al viento.
viernes, 5 de enero de 2018
5 de enero
—¿Estás
tirando el pasto a la basura?
—Y sí… ¿qué
querés que haga? ¿Lo querés de recuerdo?
—No, no. Pero
no lo tires. Desparramalo alrededor de la compotera, así parece que se lo
comieron los camellos.
—Escuchá un
poquito lo que estás diciendo, haceme el favor. Si está desparramado, es que no
se lo comieron. Y la idea es que sí se lo comieron.
—No te digo
todo el pasto, che. Un poco. Así parece que cuando comían, se les cayó un poco.
Los camellos comen así.
—¿Cuántos
camellos tuviste en tu vida vos? ¿Experto en camellología sos ahora? El camello
se come todo y te chupa el piso después. Es la tradición.
—Eso pasa si
solamente tuviera esta compoterita para comer. Pero ponete en la fantasía. Los
camellos vienen comiendo pasto desde hace un millón de casas. Si multiplicás
casa por pasto por capacidad estomacal…
—Yo no puedo
creer que a las doce de la noche estemos discutiendo acerca de la digestión de
los camellos. Mañana me levanto a las seis para ir a trabajar.
—El agua
estaría bien que se la tomen toda, porque la almacenan en la joroba, pero el tema
del pasto, no sé. Y habría que dejar algo de comida para Los Reyes también. ¿Por
qué nunca se le deja comida a los Reyes? Todo para los camellos, y los Reyes que
revienten. Terminan la noche muertos de hambre y a los camellos les sale el
pasto por las orejas. Si lo pensás, es injusto.
—Bueno, el
año que viene les dejamos Vitel Tonné. Pasame los regalos.
—¿Todavía
queda Vitel Tonné? No puede estar comestible todavía.
—Decíselo a
tu vieja, que hace vitel como para trescientas personas y siempres somos los
mismos cinco en la mesa. Y si nos vamos a poner a hablar de injusticias, peor
la pasan los renos de Papá Noel. ¿Alguien les deja pasto? Nadie. Porque te
cuento que también comen pasto ellos. Y son como ocho o nueve.
—Pero vuelan.
Son mágicos.
—Pero morfar,
morfan. Y si vamos a hablar de mágicos, tres camellos que se cargan todos los
juguetes del universo y se recorren el planeta en una noche no suena muy
normalito.
—Y sin
trineo.
—Y sin
trineo. Puro lomo. Ahí tenés la explicación de por qué se comen todo el pasto.
Gasto calórico.
—¿Pero cuál
es la masa corporal del camello?
—No sé. Ya
apagué la compu.
—La prendemos.
En Wikipedia debe decir.
—¡No la
prendas! Hace un quilombo cuando se prende que va a despertar a la nena.
—Igual se va
a despertar. Hace pis doscientas veces por noche.
—Uy… Tenés
razón…
—¿Qué pasa?
—Eso pasa.
Que se levanta mucho. Yo no sé si conviene poner los regalos ahora. Vos viste
lo que le costó dormirse con esto de los Reyes. Se llega a levantar y ve los
regalos, nos va a estar saltando en el colchón a las dos de la mañana.
—Pero si se
levanta y no ve nada, es como que le matamos la ilusión. Y le quedan, máximo,
cuatro añitos más de creer. Capaz que cinco si la encerramos en una jaula sin
contacto con otros chicos. Por eso, hay que hacer bien las cosas.
—¿Y qué es
hacer las cosas bien?
—Dejar pasto
alrededor de la compotera. Realismo en la escena.
—Si querés
realismo, el año que viene ponemos también un pedazo de bosta al lado del
arbolito. De todo el pasto que les entra, algo les tiene que salir.
—¿Y justo acá
en el comedor tienen que venir a cagar los camellos? Además, vivimos en medio
de la ciudad, en un piso doce. ¿Vos pretendés que me vaya hasta el medio del
campo a traer bosta de vaca?
—Vos hablaste
de realismo.
—¿Querés realismo?
Los Reyes somos nosotros y estamos discutiendo sobre pasto y bosta a las… uh,
ya son las doce y media.
—Eso es
realidad, no realismo. El realismo te ayuda a esquivar la realidad. Como Papa
Noel.
—A Papá Noel
le falta realismo. Reyes es mejor. Les das toda la noche para poner paquetes.
Papá Noel tiene hasta las doce nada más y con los pibes despiertos. Y además es
uno solo.
—Los yanquis
lo hacen mejor. Lo hacen como Reyes. Los pibes ven todo a la mañana.
—Bueno, pero
no vivimos en Yanquilandia.
—Ni tenemos
chimeneas. Y así y todo, Papa Noel entra igual y nadie discute como deja un
trineo flotando afuera con ocho renos colgando y con toda la familia despierta
y comiendo garrapiñada al lado.
—Garrapiñada.
Eso le podemos dejar a los Reyes el año que viene.
—Somos
nosotros los Reyes.
—Ya sé. Pero
quiero comer garrapiñada. Y se consiguen ahora. En invierno, que es cuándo se
deberían comer, no hay. Las conseguís ahora, con cuarenta grados de
temperatura. Somos jodidos hasta para eso.
—Bueno, ahí
están los regalos.
—Pará. Estas
son las crocs de la nena. ¿Pusiste las crocs de la nena para los regalos?
—Sí.
—Un verdadero
Rey Mago no dejaría un regalo en un par de crocs. Es un zapato horrendo.
—Serán
horrendos pero son cómodos. Yo tengo crocs.
—Ya sé.
—¿Qué
significa “ya sé” así, a secas? ¿No te gusta como me quedan?
—Son
difíciles de observar. No sé, me parece una falta de respeto a un Rey Mago.
Dejale una zapatilla, una botita. Pero un croc…
—La una de la
mañana… Por dios, terminemos con esto, quiero dormir.
—Listo. Quedó
bastante bien. Dejé entonces un poquito de pasto tirado. Y derramé agua.
—Está bien.
¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Tener estas
conversaciones a esta hora es lo que me hace amarte.
—Yo también
te amo.
—Somos
geniales. Vamos a dormir.
—¿Tenés
sueñito? Porque si no estás demasiado agotada…
—Ni se te
ocurra. Te amo, pero ahora amo más dormir. Y con este calor, te quiero a cuatro
kilómetros de distancia. No puedo entender que haya gente que nace en
septiembre.
—Ya vas a
venir…
—El sábado,
te prometo…
—Bueno. Te
amo.
—Yo también.
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